Una vasija de barro

Carta a mi padre, Rodrigo Escobar Navia

Hoy, 6 de noviembre de 2020, cumplirías 86 años. No es fortuito que me encuentre aquí en esta biblioteca leyendo a Borges. Cómo te gustaba Borges! Tanto que esparcí tus cenizas sobre la tumba del célebre argentino en el cimetière des rois en Ginebra. Las guardé durante dos años en el fondo de un cajón de mi armario. Me aterrorizaba que alguien las encontrara, no sabia dónde ponerlas. Echarlas al Ródano habría sido otra opción, todos los ríos cargan muertos. Un día se me ocurrió ponerlas en la tumba de Borges. Allí estás bien, y yo tengo donde ir a dejarte una rosa. Me hace gracia pensar que quienes van a honrar la memoria de Borges, te visitan a ti de paso. A veces me imagino que los miras con curiosidad,  tratas de descifrar sus historias, con el tiempo empiezas a reconocer algunos visitantes que retornan. “Tenemos visita, Maestro” le dices a Borges. El estará feliz de que le prestes tus ojos para narrarle el mundo, envidiables tertulias las que tendrán ustedes.

Hoy me asaltó la angustia de perder la memoria. Olvidarme de ti. Como si los recuerdos fueran agua que lucho por retener entre mis manos. No quiero olvidar la bondad de tu sonrisa, tus manos morenas, esa cosa extraña que hacías de rascarte la oreja izquierda con la mano derecha pasando el brazo por encima de la cabeza, como si buscaras el camino mas largo. O esa manera de mover las piernas constantemente debajo de la mesa que tanto irritaba a mamá. Y qué tal eso de coger boñiga entre los dedos y molerla para llevártela a la nariz e inhalarla con fervor mientras te observábamos con disgusto. ¡Qué voy a olvidarte! me digo, si tengo todas estas memorias en mi. Recuerdo también algunas afirmaciones tuyas, tan tuyas, “Colombia es mas territorio que estado”, “La palabra “persona”, significa sonar a través de una máscara, per-sonare”, “El origen de la palabra recordar, re-cordare traduce literalmente volver a pasar por el corazón”. Fuiste un maestro, papá. Un hombre grande, bello, hecho de literatura, poesía, música, cuentos, relatos, e historia, y también de carne y hueso.  “Rodrigo es un banco de ideas”, decía uno de tus amigos. No había disciplina que te fuera ajena, que te aburriera. Todo te interesaba. Tenias algo de elefante por tu tamaño, tu memoria, y acaso por esa torpeza tuya, cuando acariciabas las cabezas de tus hijas, por ejemplo. Soñaste con un país en paz, “una Colombia incluyente” decías, “en la que quepamos todos,” decías todo esto antes de que se pusiera de moda hablar de inclusión, reconciliación y perdón. Fuiste precursor de tanta cosa.

De niña cuando me levantaba y veía que tu te habías saltado la noche me decía que tu hacías dos turnos, el de día y el de la noche. Por eso quizá te fuiste tan pronto, no cumpliste ni siquiera 66 años, viviste intensamente. En tus insomnios leías bibliotecas enteras, y en la mañana cuando nos levantábamos nos narrabas en la mesa del desayuno lo que había dicho la Luciérnaga en su programa radial de media noche, o declamabas algún poema de Neruda o de Candelario Obeso, o nos explicabas a Unamuno, o resumías la prensa. Lamento no haber estado mas despierta, papá.

Te fuiste y me quedé con ganas de que conocieras mejor a tus nietos, y ellos a ti. Como quisiera que supieras que Chloé estudia medicina en tu universidad, que Alan se te parece tanto que a veces me conmueve, que Camille, la Serenísima, como la llamabas, es una mujer bella y fuerte, que se labra su camino. Quisiera que supieras que tenemos una casa en Mompox, El Boga, se llama. El nombre, que evoca ese poema que declamabas, “Que trite que eta la noche” lo pusiste tu, de alguna manera. Como nos habría gustado que gozaras esa casa. Por cierto tu bicicleta esta allá, y sale a pasear(te). 

Te fuiste hace casi veinte años pero es cierto que habitas en tus hijas. Te alegraría ver lo que hemos hecho de nuestras vidas, lo que hemos devenido. No sabría por donde empezar a contarte, Melba, Laura, Constanza, también yo, estamos bien y vamos creando cada una y haciéndonos un poco mas sabias cada día, creo.

Pienso a ratos en esa canción que tanto te gustaba, la vasija de barro, “yo quiero que a mi me entierren como a mis antepasados, en el vientre oscuro y fresco de una vasija de barro”. Como quisiera, papá, poner en una vasija de barro, impermeable a los elementos, todo lo que no quiero nunca olvidar de ti. Acaso la vasija de barro seamos cada una de tus cuatro hijas y cada uno de tus nueve nietos.

Ximena Escobar de Nogales

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