Superé la depresión; esto fue lo que me ayudó a mí

A lo largo de estos angustiosos días de cuarentena, he estado pensando en quienes sufren de depresión clínica en estos momentos. Imagino que la pérdida de control que el Cov-19 ha traído a la humanidad pesa más en la mente deprimida que en la mente sana. Con la depresión, la ansiedad interna se agrava con un sentimiento generalizado de desesperación. Estar en cuarentena puede aumentar la preocupación, el retraimiento, el aturdimiento y la ansiedad. Por otro lado, un efecto positivo de este encierro puede ser una menor expectativa de funcionar “normalmente.” No poder salir de casa puede ser una oportunidad para afrontar la enfermedad.

Sufrí de depresión por más de un año y me recuperé completamente. Estas son algunas de las cosas que hice que me ayudaron; tal vez algunas de ellas le sean útiles a otros, por eso las comparto:

1. Admití ante mí misma, y luego ante los demás, que estaba enferma

No hablo de estar triste o de estar deprimida. Hablo de sufrir de un trastorno depresivo. La depresión es una enfermedad. El problema con la depresión es que suele ser invisible. Puede comenzar con una pérdida de energía, una mayor vulnerabilidad emocional o tristeza. En mi caso, nunca tuve pensamientos suicidas; por lo tanto, concluía que no estaba deprimida. Mi depresión no fue severa, pero no obstante era una depresión y necesitaba tratamiento. Me llevó más de seis meses aceptar el diagnóstico. Muchos expertos me dijeron que estaba deprimida: un coach de orientación profesional al que consulté cuando pensé que mi problema era la falta de motivación en el trabajo, un terapeuta, mi médico de cabecera y dos psiquiatras, una de ellas mi hermana.

Luché contra la etiqueta con vehemencia. Como madre de tres hijos, trabajando a tiempo completo y viajando frecuentemente por trabajo, estaba acostumbrada a planear mis movidas, a llevar las riendas de mi vida. Me negaba a aceptar que estaba perdiendo el control. La depresión está estigmatizada en nuestras sociedades. Temía que la etiqueta afectara mi carrera, mi futura capacidad de empleo. En mi mente, “deprimida” significaba “no confiable.” ¿Me encomendarían proyectos y responsabilidades en el futuro? Me preocupaba también la impresión que mi condición tendría en mis hijos. Y claro, le tenía terror a la enfermedad. Mi madre tuvo varios episodios de depresión durante su vida e incluso intentó suicidarse cuando yo nací. Temía la inevitabilidad de la genética. Me decía a mí misma: “No estás deprimida, no seguirás ese camino.” Cuando finalmente acepté el diagnóstico, me sentí aliviada. Podía dejar de fingir que funcionaba; podía tomarme un descanso de ese esfuerzo cotidiano. Admitir que no estaba bien me permitió empezar a abordar el problema.

2. Reconocí que no podía salir de la depresión a punta de voluntad.

Pídale a un ciego que vea y no podrá hacerlo porque ese es precisamente su problema; no puede ver. De la misma manera, no se puede salir de la depresión a fuerza de desearlo.

Tenía problemas para pensar, para planificar, para tomar la decisión más simple. Con la depresión, la fuerza de voluntad se desmorona. Sin embargo, esto no significa que uno no pueda ayudarse para salir de ella. Es una distinción importante. Creo que uno puede ayudarse, y es por eso que escribo estas líneas. Pero me di cuenta de que “arreglarme” iba a requerir ayuda experta externa. Amigas bien intencionadas me recordaban la hermosa y privilegiada vida que tengo, tres hijos sanos, un hogar cálido, un marido cariñoso y solidario, salud física. Enumeraban todas las razones por las cuales debía estar agradecida. También yo intentaba motivarme con discursos. Pensaba en las miserias de otros, los niños hambrientos, el sufrimiento de los refugiados; mi suerte, comparada con la de ellos, no podía ser mejor. Yo no podía quejarme. Muchas veces me dije que me levantara ya y siguiera adelante con mi vida. Discursos inútiles. Al contrario, dolía más porque me hacían sentir culpable. La depresión no es una debilidad de carácter. Terminé por aceptar que no debía sentirme responsable.

3. Finalmente acepté ayuda profesional, empecé una terapia

Tuve la suerte de encontrar una gran psicoanalista y empecé la terapia con ella a través de Skype en 2017, ella estaba en Colombia, yo en Suiza, donde vivo. Graciela fue la tercera psicoanalista con la que me reuní. Rara vez da uno con una buena terapeuta en el primer intento. Inicialmente, nos veíamos dos o incluso tres veces a la semana. Lo sé, es un lujo que pocos pueden permitirse. Más de dos años y medio después, todavía la veo una vez a la semana. Una de las cosas que descubrí en la terapia fue que tenía muchos temas que había estado demasiado ocupada, o no estaba lista, para enfrentar. Necesitaban ser abordados. Algunos dolores eran muy viejos, la niña herida en mí necesitaba hablar. Otros problemas se relacionaban con acontecimientos de la vida más recientes. Todavía estoy tratando de encontrarle sentido a, y ser más consciente de, cómo funciona mi mente.

4. Tomé medicamentos recetados, y me ayudaron

Odiaba la idea de tomar antidepresivos. Tenía miedo de que, si empezaba a tomarlos, me engancharía de por vida. Además, (ver #2) ¿no podría salir de este agujero por mi cuenta? Por otro lado, hay muchos testimonios en las redes de personas que dicen que los antidepresivos empeoraron las cosas para ellos. Estaba negativamente predispuesta a un tratamiento farmacológico. Un libro me hizo cambiar de opinión sobre los antidepresivos: ¿Quieres decir que no tengo que sentirme así? En él, Colette Dowling defiende el tratamiento médico de la depresión con un relato personal conmovedor. Antes de comenzar la psicoterapia vi a una psiquiatra que me medicó. Me hizo comprometerme a seis meses de tratamiento que no debía interrumpir. Me dijo, “ En este momento, Ud. siente que se está ahogando. Los medicamentos bajarán el nivel del agua hasta que pueda recuperar su energía y claridad”. Acepté. Ella tenía razón. El tratamiento funcionó para mi. Tomé antidepresivos durante nueve meses, y al segundo intento de dejarlos, lo logré.

5. Me tomé el tiempo que necesitaba para curarme

Recuperarse de la depresión lleva tiempo. Al principio intenté establecer plazos y fechas límite, acostumbrada a regirme por ellos. Decidí que me daría dos semanas, luego extendí el plazo a un mes. Después abandoné el intento, no cumplía los plazos que me imponía y se convertían en una fuente adicional de estrés. La verdad es que no sabía cuánto tiempo me llevaría. Tuve la suerte de contar con el apoyo de mi marido y mi familia, también financiero en el momento en que dejé de ganar lo que venía ganando.

6. Me dediqué a las actividades que aún me daban placer y alivio

Pasar tiempo en la naturaleza

En esos meses pasé largas horas en la naturaleza. Y aun lo hago, en Suiza no han prohibido salir a la naturaleza durante la pandemia, siempre y cuando se mantenga la distancia social de los 2 metros. Fue tremendamente reparador para mí estar en la naturaleza. Mi perra, Cali, me enseñó el poder curativo de la naturaleza. Caminamos durante horas a lo largo del río Ródano en Ginebra, incluso pude haber cruzado la frontera a Francia en esos paseos sin darme cuenta (es fácil). A veces me sentaba en el pasto y observaba a Cali respirar el paisaje y absorber el horizonte, en silencio y asombro. Empecé a imitarla. Funcionó de maravilla.

Leer

Leer fue un reto para mí, especialmente al principio. Mi capacidad de atención se había acortado y no podía concentrarme; por lo tanto, me volqué a los audios:

Escuchar Podcasts y audiolibros (¡en abundancia!)

No puedo exagerar el poder curativo de escuchar historias hermosas, inspiradoras, estimulantes, bien contadas y bien elegidas que llegan directamente a los oídos como un susurro de un amigo. No solo distraen, educan. Muchas de ellas son gratis. Sean cuales sean sus gustos o intereses, estoy segura de que encontrará una oferta. Primero devoré 30 horas del psiquiatra y narrador de historias, Irvin D. Yalom (recomiendo “Becoming Myself”: Memorias de un psiquiatra; El don de la terapia, o El verdugo del amor). Y después escuché a Esther Perel, educadora de la inteligencia emocional. También escuché por esos días cientos de entrevistas de la BBC World Book Club (gratis) con autores de todo el mundo. Y como píldora diaria, a la par de mi antidepresivo, tomé un episodio de Outlook, Extraordinarias historias en primera persona provenientes de todo el mundo o de Radio Ambulante. No habría superado la depresión sin ellos, gracias BBC, gracias Radio Ambulante.

Voluntariado

Cuando empecé a sentirme mejor, empecé a trabajar como voluntaria enseñando inglés y español en una cárcel. Veo a ocho estudiantes uno a uno cada semana. Esta experiencia ha sido transformadora. He conocido hombres y mujeres tras las rejas cuyas vidas me inspiran. Enseñar me ha ayudado a sentirme útil y apreciada. Todos necesitamos dar y recibir, y aunque no recibo dinero por enseñar en la prisión, recibo un pago en forma de gratitud. Durante este tiempo de cuarentena, no he podido ir a la cárcel, pero estoy escribiéndoles a mis alumnos.

Practicar actividades creativas

En mi caso, la actividad creativa ha sido la escritura. Ha tenido un valor terapéutico para mí al ayudar a desenterrar las historias en mí que necesitan ser abordadas. La página Medium ha sido un espacio maravilloso para compartir mi escritura (puede ver más aquí, en inglés. Para otros puede ser cerámica, o danza, o música o fotografía, o deporte. Incluso puede ser la práctica de la depuración y organización de la casa de Marie Kondo.

Descubrir las raíces y las causas de mi depresión (a lo largo del tiempo)

En mi caso, la depresión estaba vinculada a una crisis de identidad. Me sentía como una serpiente que necesita quitarse su viejo pellejo y dejar crecer uno nuevo. Mi carrera profesional había sido buena, pero quería un cambio. Estaba más interesada en ser una trabajadora social que en trabajar en las finanzas sostenibles, el sector en el que había construido una reputación profesional. La especialización laboral, la rigidez del mercado de trabajo, hacen que el cambio sea difícil. Da miedo soltar una identidad ya construida cuando aún no se ha desarrollado una nueva. Sin mencionar la inseguridad financiera que viene con el abandono de un trabajo, especialmente cuando uno tiene mas de 50 años. A pesar de todo, necesitaba dar espacio a otros aspectos de realización personal. Todavía estoy trabajando en esta transición.

Mi tribu

Volví a mi círculo de amigas, si la mayoría son mujeres. Ellas conforman un espacio seguro donde se puede hablar, maldecir, reír y llorar, probar ideas, formar juicios, caerse y rebotar.

También necesitaba un espacio para escribir y ser leída y criticada. Por suerte, encontré un grupo de escritores en Ginebra, una asociación inspiradora que fomenta la escritura. Poco después, pude unirme a un pequeño grupo de críticos. Nos auto-denominamos (modestamente) el Círculo de Escritores Virtuosos. Somos nueve hombres y mujeres de diversos horizontes con una pasión compartida por la escritura. Ellos me han ayudado a ganar confianza en mis historias, y en el valor de compartirlas.

Cada depresión es diferente, confío en que encuentre el coraje para imaginar un yo diferente en el futuro y darle vida. Finalmente, ayudemos a detener el estigma de la depresión. Dígalo abiertamente: Sufro (o he sufrido) de depresión.

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